Abandonar los apegos al hogar y país - Las 37 prácticas del Bodhisattva

Las treinta y siete prácticas del Bodhisattva de Togme Zangpo
Comentarios del libro Joyas del Budismo de Gueshe Tamding Gyatso

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Al permanecer demasiado tiempo en un sitio, nuestra atracción hacia los seres amados nos turba, somos zarandeados por su influencia. Las llamaradas de nuestro enfado dirigido a los que nos molestan consumen cualquier buen mérito obtenido en el pasado. La oscuridad del pensamiento en una mente cerrada ofusca nuestro punto de vista. Perdemos la lúcida visión de lo que es correcto e incorrecto. Debemos abandonar nuestro hogar y país. Los Hijos de los Budas practican así. 

Deberíamos intentar emular a Milarepa, Togme Zangpo y tantos otros, que se esforzaban para obtener la iluminación en una vida. Para convertirse en un practicante así uno debe abandonar el país, los amigos y los familiares. Sin embargo no es aconsejable tomarlo demasiado al pie de la letra. Este consejo no significa que, si por ejemplo, vivimos en Barcelona tengamos que hacer las maletas, dejar el trabajo y familiares e irnos al extranjero, ¡que haríamos allí!... Más bien hemos de entender que, al ser principiantes en el Dharma, de manera natural, generamos apego hacia estos objetos lo cual es un obstáculo en el sendero. 

Puesto que es habitual generar odio hacia los que amenazan nuestro país, amigos y familiares, esta estrofa nos aconseja que, al principio, es bueno estar en lugares aislados. Vasubhandu decía "Si no has cortado con los engaños y te encuentras con objetos que los hacen surgir, aparecerá la aplicación inadecuada que produce engaños". 

En las escrituras el enfado es asemejado al fuego que destruye el mérito. Hay que matizar que existen dos tipos de ignorancia: la que desconoce la ley de causa y efecto y la del autoaferramiento. El primer tipo de ignorancia es una de las causas que impide refrenar el odio y el apego. 

Quien no pueda dejar su país, debe tratar de identificar los tres engaños y aplicar el antídoto para eliminarlos. Si se hace esto con éxito, no hace falta dejar físicamente el país o los amigos; estos objetos deben dejarse por medio de la mente. Si nos alejamos físicamente de nuestro país y familiares, pero estamos apegados a ellos o a los nuevos países que conocemos, marcharse no serviría de nada. 

Gueshe Ben Gungyel aconsejaba usar la espada del antídoto y la vigilancia para cortar con los engaños. Cuando era presa de un engaño, en primer lugar lo identificaba, era consciente de ello y a continuación usaba el antídoto necesario. Antes de convertirse en un gran practicante, había sido un temido ladrón de una de las montañas de Pembo, Tíbet. Un día fue a Lhasa donde oyó por casualidad, a un grupo de personas que hablaban de él y le criticaban por sus fechorías. Al oír el temor con que pronunciaban su nombre generó un fuerte sentimiento de arrepentimiento y fue en busca de Gueshe Shengapa. Ante ese Gueshe confesó sus actos negativos y pidió ordenación de monje, convirtiéndose así en su discípulo. Después de aprender el alfabeto tibetano empezó a escuchar enseñanzas. Mientras aprendía, generaba un fuerte sentimiento de arrepentimiento por sus actos pasados y así le servía de purificación. Con el tiempo se convirtió en un famoso Gueshe Kadampa.

En una ocasión fue invitado a comer en la casa de su benefactor. En un momento dado, se quedó solo en la despensa y, tan fuerte era su hábito de robar que, cogió una gran bolsa de te. Instantáneamente cayó en su falta y empezó a gritar "¡al ladrón, al ladrón!". Toda la familia entró en la despensa preguntando ¿dónde está el ladrón?, Ben Gungyel replicó "ya le he cogido, está aquí" y alargando su propia mano les dijo "cortadla". Este tipo de atención y vigilancia, observando las intenciones y cortándolas si son negativas, es lo que debe reinar en la mente. 

Un buen consejo para llevar en nuestro corazón es el de aplicar un antídoto tan pronto surja un engaño. Abandonar los familiares, amigos y posesiones significa abandonar los engaños que pueden producir en nosotros. 

El séptimo Dalai Lama, Kalsang Gyatso, a un nivel externo tenía muchos bienes materiales pero todo lo había ofrecido a los demás y lo único que consideraba su posesión eran los hábitos de monje, el vajra (Tib, Dordge) y la campana. 

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