La comprensión correcta

Del libro "Vipassana el camino de la meditación interior" de Goldstein y Kornfield

PRIMERA PARTE:

LA COMPRENSIÓN DE LA PRÁCTICA

1. EL DESCUBRIMIENTO DE LA ESENCIA DE LA MEDITACIÓN

Se dice que, poco después de alcanzar la iluminación, el Buda se cruzó con un hombre que, cautivado por el resplandor y la paz extraordinarias que emanaba su presencia, se detuvo y preguntó:

-Amigo mío, ¿quién eres? ¿Eres un ser celestial o un dios?
-No -respondió el Buda.
-¿Eres acaso una especie de mago o de hechicero? -insistió nuevamente el hombre.
-No -volvió a responder el Buda.
-¿Eres un ser humano?
-No -contestó de nuevo.
-Entonces ¿quién eres? -inquirió finalmente el hombre.
-Yo soy el Despierto -replicó el Buda.

El término Buda significa «despierto» y es esta experiencia del despertar la que constituye la esencia y el núcleo mismo del vipassana, la meditación de la visión penetrante. Esta práctica nos brinda la oportunidad de ver con claridad y de comprender nuestro cuerpo, nuestro corazón, nuestra mente y el mundo que nos rodea, ayudándonos a relacionarnos con él de una forma más inteligente y compasiva. La práctica de la meditación de la visión penetrante constituye la esencia de la enseñanza transmitida originalmente por el Buda, una práctica que la tradición Theravada del sur de India ha mantenido inalterable desde hace más de 2500 años. No obstante, no se trata de una práctica «oriental» sino que constituye una herramienta útil para todo aquél que quiera despertar a la verdad de la vida y alcanzar, de este modo, la auténtica libertad.

La comprensión correcta

El camino del despertar se inicia con un paso que el Buda denominó comprensión correcta y que podemos dividir en dos fases diferentes. En primer lugar tenemos que plantearnos -con toda la sinceridad de que seamos capaces- varias cuestiones. ¿Qué es lo que más valoramos? ¿Qué es lo que más nos preocupa en esta vida? Nuestra vida es muy corta, la infancia pasa muy deprisa y lo mismo ocurre con la adolescencia y la madurez. Y, seamos o no conscientes de este hecho, la vida terminará esfumándose como un sueño. Así pues, debemos acometer la práctica preguntándonos ¿qué es lo más importante para nosotros? ¿Qué es lo que desearíamos haber hecho con nuestra vida en el caso de que estuviéramos a punto de morir? ¿En qué nos gustaría haber invertido nuestro tiempo? En ese momento, quienes han tratado de vivir conscientemente es posible que sólo se planteen una o dos preguntas como ¿he aprendido a vivir sabiamente? y ¿amé todo lo que fui capaz? Pero no es preciso esperar hasta el momento de la muerte porque ahora mismo podemos formularnos estas preguntas.

Así pues, el camino de la recta comprensión empieza por prestar atención a nuestra vida, darnos cuenta de que ésta es impermanente y fugaz y tomar conciencia de aquello que más profundamente nos preocupa. También debemos dirigir nuestra mirada hacia el mundo en que vivimos y percatarnos de que se trata de un mundo asolado por el sufrimiento, la guerra, la pobreza y la enfermedad, un mundo en el que cientos de millones de personas se ven obligadas a vivir en condiciones terribles en Africa, América Central, India, el Sudeste Asiático e incluso en la misma Norteamérica. ¿Qué es lo que precisa el mundo, pues, para que todos puedan disfrutar de una existencia más compasiva y menos frustrante? En realidad, las dificultades y el sufrimiento del ser humano no pueden ser eliminados mediante un simple cambio de gobierno o una nueva política económica aunque, qué duda cabe, este tipo de medidas pueden servir de gran ayuda. En cualquier caso, lo cierto es que, en un nivel más profundo, problemas tales como el hambre o la guerra no pueden ser resueltos mediante soluciones exclusivamente políticas o económicas. El origen de todos estos problemas radica en los prejuicios y la violencia que anidan en el corazón del ser humano y, en consecuencia, sólo ahí es posible resolverlos. Desde este punto de vista, el mundo necesita personas que no se hallen esclavizadas por los prejuicios, personas más amorosas, más generosas, más compasivas y más abiertas. La raíz última de los problemas del ser humano no radica en la escasez de recursos sino en la incomprensión, el miedo y la separación que anidan en nuestro propio corazón.

La comprensión correcta comienza, por tanto, con el reconocimiento del sufrimiento y de los problemas que afectan al mundo que nos rodea y a nosotros mismos. Luego debemos tratar de establecer contacto con aquello que valoramos más profundamente y descubrir, en suma, qué es lo que realmente nos preocupa. Ese es el auténtico punto de partida de nuestra práctica espiritual. Cuando nos damos cuenta de que las cosas no funcionan bien, ni en el mundo ni en nosotros mismos, también tomamos conciencia de la posibilidad de desarrollar nuestra amabilidad, nuestra compasión y nuestra sabiduría intuitiva más profunda. La energía que alimenta el viaje espiritual dimana de nuestro propio corazón. Hay quienes sienten que la práctica les brinda la oportunidad de vivir de un modo despierto y libre; otros, en cambio, acometen la práctica como una forma de hacer frente al sufrimiento que arruina sus vidas; otros, por el contrario, se sienten inclinados a buscar la comprensión a través de una práctica de investigación y descubrimiento; mientras que otros, por último, tratan de experimentar algún tipo de acercamiento intuitivo a la divinidad o emprenden la práctica para abrir más plenamente su corazón. Pero, sea cual fuere el motivo por el cual nos acercamos a la práctica espiritual, puede convertirse en la llama que alumbre, guíe y custodie el camino que conduce a la auténtica comprensión.

La recta comprensión también exige el reconocimiento y la comprensión adecuada de la ley del karma. El karma no es una noción mística o esotérica que tenga que ver, por ejemplo, con las vidas pasadas en el Tíbet sino que se refiere a la ley de causa y efecto. Karma significa que todo lo que hacemos y el modo en que lo hacemos condiciona nuestras experiencias futuras. Si estamos enojados con los demás comenzaremos a vivir en un clima emocional de enojo que, a la postre, sólo despertará el rechazo de los demás mientras que si, por el contrario, cultivamos el amor recibiremos, a cambio, el amor de los demás. Así es como actúa la ley del karma en nuestra vida.

Una persona preguntó a Ruth Denison -maestra de vipassana- si podía explicar la ley del karma en términos sencillos y ella respondió: «Por supuesto. ¡Karma quiere decir que no puedes inhibirte de nada!» Todo lo que hagamos y el modo en que lo hagamos determinará en qué nos transformaremos y el mundo en que viviremos. Es por ello que comprender el funcionamiento de la ley del karma constituye una oportunidad única para modificar el rumbo de nuestra vida. Esto significa que, con el debido adiestramiento, podremos transformar el clima emocional en que vivimos y llegar a ser más amorosos, más despiertos, más conscientes, etcétera. Nuestra práctica, por otra parte, no está circunscrita al entorno de un retiro sino que también podemos llevarla a cabo cuando estamos conduciendo un automóvil o mientras estamos en la cola del supermercado. Cuando ejercitamos la bondad comenzamos a experimentar de un modo natural más y más bondad en nuestro interior y en el mundo que nos rodea.

Hay un relato sobre Mullah Nasruddin, un personaje sufí muy conocido por ser, al mismo tiempo, un sabio y un loco. Cierto día, Nasruddin se hallaba arrojando migajas de pan cerca de unos macizos de flores. Entonces llegó un vecino y le preguntó:

-¿Qué estás haciendo, Mullah?
-Intento mantener alejados a los tigres -respondió el Mullah.
-Pero si no hay tigres en miles de kilómetros a la redonda -replicó, asombrado, el vecino.
-Una clara demostración de la eficacia de mi método ¿no te parece? -respondió el Mullah.

La práctica espiritual no consiste en repetir mecánicamente un ritual o una plegaria sino que sólo puede ser verdaderamente eficaz cuando llegamos a comprender conscientemente la ley de causa y efecto y somos capaces de ajustar nuestra vida en consecuencia. Quizás podamos sentir que tenemos la posibilidad de despertar pero también debemos experimentar que este despertar no sucede por sí solo y que, si queremos actualizarlo, debemos respetar ciertas leyes. Porque la forma en que actuamos, el modo en que nos relacionamos con nosotros mismos, con nuestro cuerpo, con la gente que nos rodea y con nuestro trabajo crea el tipo de mundo en que vivimos y determina, en última instancia, nuestra libertad o nuestro sufrimiento.

A lo largo de miles de años y de culturas muy diversas, el budismo ha desarrollado diferentes sistemas para tratar de despertar esta aspiración profunda, pero la esencia del despertar ha sido siempre la misma: ser conscientes, permanecer atentos y contemplar clara y directamente, instante tras instante, la verdad de nuestra experiencia. Este método, que constituye una apertura y un despliegue sistemático de la conciencia, se basa en lo que el Buda denominaba los cuatro fundamentos de la atención plena: atención al cuerpo, atención a las sensaciones, atención a los fenómenos mentales y atención a las verdades y leyes que rigen nuestra experiencia.

Cultivar adecuadamente la atención plena, dijo el Buda, es de capital importancia para todas las áreas de nuestra vida. «El sándalo y el tagara tienen un aroma exquisito pero la fragancia de una mente virtuosa y adecuadamente entrenada llega hasta los dioses.»

Pero ¿cómo empezar? El sendero de la purificación, un texto y un manual fundamental del budismo antiguo, fue escrito como respuesta a un conciso poema que dice así:

¿Quién puede desatar el nudo que constriñe al mundo?

El objetivo de la meditación consiste esencialmente en llegar a desatar ese nudo, ésa es la razón fundamental que debe inducirnos a emprender la práctica de la meditación. Desatarse y liberarse a uno mismo requiere entrenar nuestra atención y comenzar a percibir qué es lo que nos mantiene atados al temor, al apego y al rechazo; atados, en suma, al sufrimiento. Pero, para ello, debemos prestar atención a nuestra experiencia cotidiana y aprender a escuchar lo que nos dice nuestro cuerpo, nuestro corazón y nuestra mente. La sabiduría no se consigue creando nuevos ideales sino aprendiendo a ver directamente las cosas como son.

¿Qué es la meditación? Esta es una pregunta cuya respuesta ha dado origen a numerosos libros, manuales, descripciones, teorías, textos y conceptos. Existen cientos de escuelas de meditación que utilizan la oración, la reflexión, la devoción, la visualización y un sinfín de prácticas para tratar de sosegar y concentrar la mente, pero el objetivo concreto de la meditación de la visión penetrante (y de otras disciplinas afines) es el de aumentar nuestra comprensión sobre el funcionamiento de la mente y del corazón. Pero este proceso de comprensión sólo puede iniciarse adiestrando la atención y aplicándola a nosotros mismos. Desde este punto de vista, preguntar «¿qué es la meditación?» equivaldría a preguntar «¿qué es la mente?», «¿quién soy yo?» o «¿qué significa estar vivo y ser libre?» preguntas, todas ellas, sobre la naturaleza de la vida y de la muerte. Y la osencia de la meditación consiste en tratar de responder a estas cuestiones desde nuestra propia experiencia mediante un proceso de autodescubrimiento.

Descubrir la respuesta a todas estas preguntas es un proceso extraordinario. De otro modo, nuestra vida discurrirá de una forma completamente automática. Son muchas las personas que malgastan la vida dominados por la codicia, la agresividad y el temor o corriendo en pos de la seguridad, el afecto, el poder, el sexo, la riqueza, la salud, el placer o la fama, en un ciclo interminable de búsqueda que el budismo denomina samsara. No es frecuente, sin embargo, que nos tomemos el tiempo y la molestia de tratar de comprender el funcionamiento de nuestra propia vida. Nacemos, envejecemos y finalmente morimos; gozamos, sufrimos, dormimos y despertamos y todas estas acciones se suceden a gran velocidad. La conciencia del sufrimiento implicado en el proceso de la existencia -es decir, en el proceso del nacimiento, del envejecimiento y de la muerte- llevó al Buda a cuestionarse en profundidad las causas que originan el sufrimiento y la forma de liberarse de él. Esas fueron las preguntas que se formuló el Buda, ése fue el punto de partida de su práctica y es por ello que cada uno de nosotros debe descubrir su propio modo de plantearse estas mismas preguntas. El objetivo de la meditación de la visión penetrante es llegar a comprendernos a nosotros y a nuestra propia vida. La meditación, pues, constituye, al mismo tiempo, un proceso de comprensión y de liberación.

Existen diferentes tipos de comprensión. Uno de ellos consiste en tratar de comprender lo que han dicho otras personas. Podemos leer y acumular una enorme cantidad de datos -procedentes incluso de maestros espirituales- y, si bien este tipo de comprensión tiene cierta utilidad, sigue tratándose, no obstante, de la experiencia de otra persona. Asimismo, puede resultar útil el consejo de una persona sabia y experimentada que pueda confirmarnos si nos hallamos en el camino correcto.

Nuestras propias consideraciones y reflexiones también pueden contribuir a profundizar nuestra comprensión: «He reflexionado mucho sobre este punto y ahora comprendo cómo funciona». El pensamiento también puede proporcionarnos una gran cantidad de información pero ¿existe, acaso, un nivel de conocimiento más profundo todavía? ¿Qué ocurre cuando empezamos a plantearnos preguntas fundamentales sobre la vida?, preguntas tales como ¿qué es el amor? o ¿qué es la libertad?, preguntas que no pueden ser contestadas mediante un conocimiento meramente intelectual o de segunda mano. Uno de los descubrimientos realizados por el Buda y por todos aquéllos que, generación tras generación, han llevado a la práctica estas enseñanzas, es que existe una respuesta para estas difíciles y extraordinarias preguntas, pero ésta sólo puede originarse en el conocimiento silencioso e intuitivo que se deriva del desarrollo de nuestra capacidad para ver clara y directamente lo que ocurre.

¿Cómo empezar? Tradicionalmente se afirma que este conocimiento sólo puede madurar si desarrollamos tres aspectos fundamentales de nuestro ser: el fundamento de la conducta consciente, la estabilidad del corazón y de la mente y la sabiduría o la claridad de la visión.

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